Un ascenso inconsciente

Elizabeth Bockheim bucea con tiburones
La autora bucea con tiburones cerca de Tiger Beach, isla Gran Bahama.
Bockheim recibió cuidados críticos
Bockheim recibió cuidados intensivos en Mariner’s Hospital en Islamorada, Florida, después del accidente de buceo.

MI ESPOSO, PATRICK, y yo reservamos un buceo en barco con dos tanques con una empresa en Islamorada, Florida, que ofrecía buceos con guía. Mientras conducíamos hacia el puerto, le conté a Patrick sobre un amigo que esa semana había dicho: "solía ser buzo”. 

“Me pregunto cuándo diré ‘solía ser buceadora’”, pregunté retóricamente. No tenía idea de que horas más tarde la respuesta podría haber sido ese mismo día.  

Mientras descendía en nuestro segundo buceo, estaba a unos 18 metros (60 pies) cuando de forma inesperada comencé a ascender rápidamente hacia la superficie. Conservé la calma, le di un golpecito a mi inflador y aparentemente logré quitar lo que fuera que estaba causando que la válvula se abriera. Comencé a descender nuevamente hacia Patrick, que en este punto estaba a mayor profundidad. 

Para mi sorpresa, empecé a ascender velozmente de nuevo, pero esta vez no estaba tranquila. El equipo de buceo se alejaba nadando en el fondo del océano, Patrick estaba a mayor profundidad que yo y sentí pánico. Continué dándole golpecitos a mi inflador para sacar lo que fuera que estaba adherido y simultáneamente golpeaba mi tanque con un pequeño aro de metal de 7,6 centímetros (3 pulgadas) que usaba en la muñeca sujeto a un brazalete de plástico. 

Logré atraer la atención de Patrick y cuando llegó a donde me encontraba tomó mi inflador y le dio golpecitos sin éxito. Lo que él no sabía era que mi compensador de flotabilidad (chaleco) se estaba llenando de aire y estaba comprimiendo mi pecho. 

Con cada inspiración, mi chaleco se volvía más ceñido. Cada respiración que daba a través de mi regulador también estaba introduciendo agua de mar. No sabía qué estaba sucediendo y tampoco sabía cómo decirle a Patrick. Alcancé su regulador secundario e inspiré una vez, pero olvidé purgarlo primero. Inmediatamente empecé a ahogarme y a aspirar más agua salada, lo que aumentó mi confusión y mi miedo. Logré juntar mis manos para crear la forma de un bote y así preguntar dónde estaba la embarcación porque estaba desorientada. Patrick señaló un ancla tipo hongo sujeta a la boya que atracaba nuestra embarcación de buceo. 

Eso fue lo último que recuerdo bajo el agua antes de perder el conocimiento. Patrick sabía que tenía que llevarme a la superficie rápidamente, pero de forma segura. Para llevar a cabo un ascenso controlado, levantó la manguera de mi inflador para darle al aire que llenaba mi chaleco incesantemente una manera alternativa de escapar y me guio en un ascenso inconsciente hacia la superficie. 

Después de un tiempo obtuve una autorización médica para volver a bucear y he registrado 120 buceos más desde esta experiencia.

Lo siguiente que recuerdo fue a alguien colocando sus brazos debajo de mí para sacarme del agua, y luego mi consciencia volvió a quedar en blanco otra vez hasta que me desperté acostada en la cubierta del barco. Estaba debajo del dosel cerca de la cabina delantera, y alguien me había quitado la máscara facial, el chaleco y la capucha y me había bajado el traje de neopreno para descubrir mis brazos y mi pecho.

De inmediato pregunté dónde estaba Patrick y supe que estaba ileso y junto a mí. Los miembros de la tripulación me administraron oxígeno, me colocaron electrodos de electrocardiograma, me ubicaron sobre mi lado derecho y me cubrieron con una manta solar porque pensaban que quizás estaba en estado de shock. Les hicieron señas a los otros buzos para que regresaran a la embarcación, aunque no tenían idea de que no estábamos con ellos y qué había sucedido. 

La tripulación comunicó mi situación e informó una hora prevista de llegada a los servicios médicos de emergencia, que me estaban esperando en el puerto. En el hospital, supe que la falta de oxígeno y el pánico habían causado una isquemia miocárdica de demanda, lo que significa que tuve un ataque cardíaco a 18 metros (60 pies) de profundidad. Un especialista en medicina de buceo nos evaluó y confirmó que ni Patrick ni yo habíamos sufrido una enfermedad por descompresión. Después de pasar dos días en un hospital del sur de Miami, me enviaron a casa. 

Cuando reflexioné sobre lo sucedido, aprendí varias lecciones ese día.

  • Permanecer cerca de nuestro compañero de buceo. Debemos tener la capacidad de nadar hacia nuestro compañero con una sola respiración.  
  • Llevar a cabo técnicas de intercambio de aire, y no olvidar purgar el regulador de nuestro compañero antes de usarlo. 
  • Practicar para emergencias de buceo, como un inflador atascado, para no entrar en pánico en una situación real. Cuando sentimos pánico, el miedo tiene el control. Si mantenemos la calma, nosotros tenemos el control. 
  • Conocer nuestro equipo. No sabíamos que se puede desconectar la manguera del inflador de baja presión de un chaleco estando bajo el agua. Si hubiéramos desconectado la manguera habríamos podido realizar un ascenso controlado y evitar la lesión en mi corazón. 
  • Un buceo con guía no significa necesariamente que siempre habrá un divemaster cerca. Nuestro divemaster no tenía conocimiento de que no estábamos con él a pesar de que el plan de buceo era permanecer juntos.
  • Procurar siempre tener una cobertura contra accidentes de buceo de DAN. El operador de buceo se comunicó inmediatamente con un miembro del personal médico de DAN, que dio instrucciones sobre cómo debían brindarme atención en la embarcación en el viaje de regreso a la costa. Mi cobertura de DAN cubrió todos los gastos, complementando así mi cobertura médica principal. En DAN también me apoyaron durante mi recuperación en casa mientras lidiaba con los síntomas y efectos secundarios residuales. 

Después de un tiempo obtuve una autorización médica para volver a bucear y he registrado 120 buceos más desde esta experiencia. ¿Cuándo diré: “solía ser buceadora”? ¡Hoy no!
Hoy no AD

© la revista - Q2 2023

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